En arenas movedizas

“López Obrador no actúa como un jefe de Estado. Desde su perspectiva, analiza él solo lo que le conviene o no a la nación; no existe ninguno de sus cercanos que le explique con peras y manzanas que llevar a cabo una de sus iniciativas, sería contraproducente para el interés público; todos lo apoyan y hasta celebran sus decisiones. Bajo ese panorama, la descomposición política de aparato gubernamental ha llegado al límite de la razón”. 

 

Antonio Ceja 

En los últimos 36 meses, el proceso de transformación del país que inició López Obrador no ha dado resultados concretos en ningún renglón de la vida nacional. Todo lo que ha propuesto, implementado y hecho el proceso citado, ha salido mal; mal ya sea por la incapacidad de no entender lo que López Obrador quiere por parte de sus subalternos o porque la fórmula que propone el jefe del ejecutivo federal carece de bases sólidas para ser llevadas a cabo. Podemos darle al presidente, el beneficio de la duda y en ese contexto, es válido rectificar el camino para alcanzar las metas que exige el país en el ámbito global y local; eso ocurriría en un país democrático, pero no es el caso del México actual. 

Un demócrata tiene que convivir, durante su mandato, con otros organismos autónomos que acotan el poder absoluto y equilibran una verdadera democracia para que, así, se alcancen los objetivos de una nación. 

México tiene un grave problema que con el actual régimen se ha acentuado peligrosamente. López Obrador no hubiera llegado a hacer lo que ha hecho hasta ahora si el poder legislativo y judicial actuaran con apego a los principios constitucionales que rige el ejercicio público. Lamentablemente, ambos poderes han sido contaminados de forma inverosímil ya que hoy no se entiende cómo esos poderes han hecho mutis o apoyado varias de las incoherencias que hoy están poniendo en peligro la precaria estabilidad de la nación. 

Oposición de papel 

La abrumadora cantidad de opciones políticas que tenemos los mexicanos es un mero espejismo. Todos los partidos llamados chicos, invariablemente se alían con la mayor representatividad y en automático, se vuelven comparsas del oficialismo sin tomar en cuenta el daño que pueden hacerle al país. El PRI y el PAN y en menor medida MC, no han sabido entender, pero lo entendemos, que no basta una manifestación en tribuna del legislativo para que la mayoría logre entender lo que beneficie o perjudique a la nación. Si a ello le sumamos que toda iniciativa de investigación o veto de alguna decisión incongruente es avalada por el oficialismo, entonces estamos llegando al límite que separa a la democracia del autoritarismo. 

López Obrador no actúa como un jefe de Estado. Desde su perspectiva, analiza él solo lo que le conviene o no a la nación; no existe ninguno de sus cercanos que le explique con peras y manzanas que llevar a cabo una de sus iniciativas, sería contraproducente para el interés público; todos lo apoyan y hasta celebran sus decisiones. Bajo ese panorama, la descomposición política de aparato gubernamental ha llegado al límite de la razón. 

Como tonto 

Es complicado entender la manera de actuar de López Obrador; es de los que tiran la piedra y esconden la mano y el desastre que deja se lo sacude culpando a todos y ya, asunto arreglado. Ese raciocinio lo coloca como una persona inestable, ignorante y carente de un pensamiento sobrio que exige el cargo que ostenta. Sus imprecisiones le han costado muy caro al país y es cuestión de tiempo para que a López Obrador le estalle en sus manos la bomba que él mismo activó. 

De nada sirve que los gobernadores emanados de Morena le den su apoyo; de nada sirve que los legisladores avalen sus ocurrencias; de nada sirve que la oposición demande y coloque lonas en el Legislativo. López Obrador se ha colocado, él solito, en el lugar pantanoso en el que se encuentra. Las arenas movedizas lo cubren más cada día y está a punto de llegarle a su nariz y, como perro de pelea, hará lo posible por revertir esa situación simplemente señalando sus detractores que, si osan darle la contra y seguir con sus “ataques”, serán acusados de traición a la patria dando el primer paso a la dictadura lopezobradorista. 

Al Aire 

El Instituto Nacional de Acceso a la Información no pudo darle los datos que López Obrador le pidió sobre los ingresos que percibe el periodista Carlos Loret. El INAI le respondió en una carta, que le describiera qué cargo público desempeña el periodista; en qué Estado, municipio y dependencia labora; en pocas palabras, el INAI ha exhibido al presidente como un ignorante al solicitar datos a un organismo que se encarga de documentar información de los servidores e instancias públicas del Estado y no de particulares. 

Los senadores de Morena avalaron que la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) pueda congelar las cuentas bancarias que así considere pertinente sin avisar a los titulares. Esta medida pretende congelar cuentas sospechosas de lavar dinero y los bancos solo tendrán la alternativa de avisar a sus clientes de esta medida mientras se investiga el origen de sus recursos. Esta iniciativa será un arma de dos filos contra los ciudadanos ya que es el SAT el que tendrá el libre albedrío de “escoger” las cuentas que puede congelar y, si uno es mal pensado, usted, yo o un personaje incómodo a la 4t puede sufrir de esta polémica iniciativa. 

Aunque pregonan todos los días que nadie debe actuar al margen de la Ley, el Senado rechazó investigar el posible conflicto de interés del hijo del presidente José Ramón López Beltrán y empresas vinculadas con PEMEX. ¿Miedo o servilismo? Lo cierto es que la hipocresía que profesa la 4t al negarse institucionalmente hablando toda posibilidad de investigar las acusaciones de sus miembros, es patente contrastado con las medidas investigativas que promueven solo contra sus adversarios. Si, como aseguró el presidente, asu hijo no le encontrarán nada, entonces ¿Por qué se niega una investigación para corroborarlo?