Malabares feministas.

“Sabe Dios en donde y con quien duermen estas niñas y sus hermanitos. He visto mujeres con menos de 15 años cargando a un bebé en su espalda que igual puede ser su hermanito o, lastimosamente, a su hijo cuya concepción seguramente no fue un acto consensuado o de amor por formar una familia sino producto de un abuso que, lamentablemente, es normal entre ellos”. 

 

Antonio Ceja  

En casi cada esquina de la ciudad, veo a una familia compuesta por la madre y al menos 3 hijos que muestran sus habilidades de malabaristas lanzando pelotas para luego, antes de que cambie a verde la luz del semáforo, acercarse a los carros a pedir una retribución por su actuación circense. La mujer, invariablemente tiene a sus espaldas a un recién nacido envuelto perfectamente para que no sea obstáculo para la madre para lanzar y atrapar las cuatro pelotas. Mientras la matriarca temporal de la jornada de trabajo hace sus acrobacias, sus hijos realizan las mismas suertes, pero con tres pelotas; les falta práctica, pero les sobran ganas ya que de ello depende la economía familiar. 

No estoy seguro pero ese núcleo familiar que pulula en las esquinas de las calles tapatías son indígenas que provienen de varias partes de la república mexicana; hablan una lengua que no identifico y se dice que pueden ser traídos a las grandes urbes para pedir dinero y que forman parte de una red de trata de personas cuyos ingresos no son para su usufructo sino para sus explotadores. 

La fuerza laboral de las familias malabaristas en Guadalajara están encabezadas por mujeres, la mayoría no alcanza los 20 años y ya tiene en ciernes a menos 2 hijos, uno colgando en la espalda y otro apoyándola en las artes del malabar para duplicar el ingreso diario que les permita sobrevivir un día más. Años atrás, esas familias estaban compuestas por los padres y los hijos. El padre invariablemente tocaba el saxofón y la esposa recorría los automóviles sombrero en mano para pedir una propina. Hoy, es la madre la que se ha apoderado del rol de armar una estrategia que motive al conductor a darle dinero ya que solo pedirlo a cambio de nada no les era redituable; habría que implementar algo que motivara la dádiva y fue en el malabarismo de pelotas donde han encontrado un segmento del mercado de la mendicidad que ha sido acaparado por ellos. 

Me pregunto cuánto dinero recibirán cada día. He escuchado historias de limpiaparabrisas que sacan, en un día, hasta 1 mil pesos y me dan ganas de sumarme a la actividad informal. Pero la realidad es que no es lo que ganan sino a qué se gasta ese dinero. Obviamente no es en ropa porque traen la misma cada día, tampoco en zapatos porque las sandalias de hule no cuestan más de 30 peso el par. Dudo mucho que gasten ese dinero en alimentos sanos; es fácil ver en sus rostros manchados por causa de los parásitos que su alimentación se basa en comida chatarras: pizzas, pan, refrescos y frituras. Es evidente que esas familias carecen de servicios básicos en sus viviendas ya que la falta de limpieza es notoria: cabello con orzuela y enredado; los piojos abundan y la suciedad en sus manos alerta de que es peligroso acercarse a ellos ante la falta de higiene. Tampoco usan cubrebocas ni tienen a la mano gel anti bacterial, muy útil cuando algún conductor les regala comida que les sobró del restaurante; con manos sucias y en la banqueta, la familia se sienta a compartir el pan sin percatarse, tal vez ya inmunes, de que hacerlo con condiciones de higiene precarias les acarrearía una severa infección estomacal. 

No tienen seguro social y la madre, seguramente, tendrá conocimientos para encontrar en la herbolaria los remedios para cortar una diarrea, una infección de una herida o las quemaduras que produce el sol cuando se trabajan 12 horas bajo los rayos del astro rey.  

Las niñas son el anzuelo perfecto para despertar conciencia entre los pacientes conductores que esperan la luz verde. Los ademanes propios de una mujer se reflejan en la forma en que las niñas piden dinero y les funciona, aunque su acto con las pelotas sea un desastre. 

Sabe Dios en donde y con quien duermen estas niñas y sus hermanitos. He visto mujeres con menos de 15 años cargando a un bebé en su espalda que igual puede ser su hermanito o, lastimosamente, a su hijo cuya concepción seguramente no fue un acto consensuado o de amor por formar una familia sino producto de un abuso que, lamentablemente, es normal entre ellos. 

Este 8 de marzo donde las mujeres exigen derechos de igualdad en todos los aspectos, otras buscan objetivos prioritarios como sobrevivir un día más a su destino, un destino mudo y sordo, visible pero invisible; miserable, pero de riqueza para sus fomentadores; normal, porque para ellas así es la vida bajo la perspectiva de ver el mundo; se sienten parte de una sociedad que las acepta y comprende su situación y las deja ser, las deja procrear sin sentido y les agradece, con unas monedas, su patética imagen de la mujer esperando que cada 8 de marzo alguien mire y las vea no como parte del folclor tapatío sino como parte de un asunto social que debe ser atendido urgentemente porque es inevitable pensar que dentro de su mundo, las atrocidades silenciosas son prácticamente un hecho. 

¡Abrazo a las mujeres en este día!